sábado, 5 de diciembre de 2009

Darío: hado y humus- Gonzalo Rojas






Valparaíso y él: ningún poeta más de ahí que el joven Darío. Ni el gran Pessoa Véliz ni el mismísimo Neruda. Es que Azul (1888) y Playa Ancha donde azota el oleaje desde el principio de origen - ¡donde el vidente vio! – hacen, cómo decirlo, un todo y ese todo el mito. Más claro, hay ciudades con mito y ciudades sin mito y alguna vez lo habré dicho: no basta con amar a Valparaíso; hay que merecerlo, y no es cosa de pregoneros de la hermosura o, más menesterosamente, de liridas de vecindario. Valparaíso nunca fue villorrio. Tal vez no fuera fundado en acto de invasor pero el que vino a fundarlo de una vez y para siempre y a fijar el mito fue ese mestizo de veinte años que todavía anda entre nosotros. Lo habré visto fugaz como por encantamiento, lo habré entrevisto en ascensores y otras ruedas vertiginosas yendo-viniendo de un Cerro Alegre real a otro irreal, pero el aparecido se me da intacto todavía en la ventolera. También tuve mi Puerto por diez años y entonces sé lo que digo: poeta que entra en ese hondón no vuelve a salir. Poeta que entra de veras, se entiende. No hay lugar metafísico ni párrafo de planeta comparable. Por eso no es azar que Darío escribiera palabra de fundamento en esas arenas al cierre del otro siglo: “Was bleibt aber, stifen die Dichter”: pero lo permanente, eso lo fundan los poetas. Claro que el vagamundo siguió fundando con urgencia aquí y allá y fijando el mito lo mismo en su Buenos Aires que en sus Parises o sus Madriles, o en cada una de sus moradas múltiples, hasta volver, ya terminal, para decirlo con su música, transido de misterio y de cirrosis, a su Nicaragua natal. Piensa uno en Darío y en los 49 que le dieron los dioses, que sumados por dentro hacen el número fatídico, y calla; piensa uno y calla con acallamiento mayor ante ese dicho suyo tan severo: - “ Qué queréis: yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”-. De veras, casi todo es otra cosa.
Personalmente, mi primer hallazgo de él en Valparaíso fue el 34, a los 16, sobre abril recién desembarcado en el espigón, a metros de la plaza Echarren, me parece. Pasó veloz y me miró sin verme. Yo sí lo vi, por dentro. Como ven los poetas atrapados en esa relación dialéctica que nos aproxima en el proyecto de decir el mundo. Está escrito que todos venimos de otro y otro y otro en esa especie de parentela de la sangre imaginaria. Esa vez el adolescente era yo, el larvario, y ya me había leído a mi Darío en su ritmo de oro, o lo estaba leyendo como hasta hoy a los ochenta. Porque, eso sí, con los poetas grandes no se termina nunca. De ahí aquello de Darío y más Darío. Me lo estaba leyendo y me encontré con él y eso fue todo; en lo destartalado y lo sinuoso de tamaño laberinto. Como más tarde vine a encontrarme, andando décadas, a Vallejo en París. Apariciones y desapariciones.
Volviendo al juego interminable de los pasos perdidos, recuerdo que cuando Martí dio con él en Nueva York le dijo “¡Hijo!” con alegrón genealógico y eso para Darío fue palabra entera sellada a corto plazo por el martirio cubano. No siempre opera así la filiación oscura entre los poetas, pero el autor de Los Raros (1896) registró las afinidades electivas con grandeza, los injertos, las claves, los sosiegos y desasosiegos en el oficio, incluyendo las conductas. No le fue dado regresar a Chile pero mantuvo fresco el diálogo y allá por 1912 acogió textos mistralianos y los publicó en París; asimismo supo de “Azul”, revista de Huidobro: en Santiago. En cuanto a los dos Pablos no hubo pacto mayor, salvo las resonancias naturales. Por lo demás el ascenso de las vanguardias en el país acallaba los grandes ritmos pitagóricos del maestro al promediar la primera guerra mundial. Debieron pasar casi veinte años (1943) para que dos poetas de jerarquía, Lorca y Neruda, brindaran en Buenos Aires una copa de diamante a las estrellas por e progenitor; en un diálogo al alimón por demás hermoso. Siempre he pensado que sólo los poetas son capaces de descifrar el sistema imaginario de los poetas. De ahí mi resistencia a la pululación casi bacteriana de los letrados cuya hermenéutica reduccionista empobrece el portento visionario, como hace por ejemplo C. M. Bowra, en su conocido examen antidariano Inspiration and Poetry (1955). Lo preferible, claro está, es la urdimbre ciencia e intuición, pues la naturaleza de la poesía es difícil. “Te amo porque eres difícil”, pensaba Valéry. Y hay casos de poetas indiscutibles como el español Luis Cernuda o el chileno Enrique Lihn que rechazan la obra del nicaragüense. “Darío reina pero no gobierna”, afirma el primero y al segundo le asiste la evidencia que es un poeta de segunda clase. ¿Qué no se ha dicho, en fin, y se sigue escribiendo en marea bibliográfica amenazante sobre el Darío de todas las horas a propósito de su vida, de su plasmación verbal y hasta de su muerte? Ahí está su poesía para que cada lector gane o pierda a “su padre y maestro mágico” como pueda; pero ahí va también el oleaje – la resaca- de los grafómanos del modernismo que quieren descifrarlo todo con unos cuantos datos más la urdimbre exegética interminable, de aparato siempre abstruso.
¿Y hoy?, ¿qué pasa hoy a dos metros del dos mil, en este plazo obsceno de consumismos y fanfarrias? Lo leen, no lo leen; pero la pregunta es otra: ¿A quién se lee? Vocales: ¿qué será eso? Sílaba, ¿qué será? Lo acusan de todo al fundador del viejo-retro y fuera de uso; de silvestre. De elocuente lo acusan, de enfático y sonoro, ¡los afónicos míseros! De sobredosis de canto. Oiga el que tenga orejas, pienso yo. Pero es tal el estruendo publicitario y vergonzante que ya nadie oye a nadie en el carrusel. No es que la palabra misma esté en tela de juicio, conforme a la conjetura de Vallejo: "¡Y si después de tantas palabras no sobrevive la Palabra!"; lo que pasa es desidia y liviandad ante el oficio, y literalmente no hay oficio. Cuando uno escribe hondo se le acusa de denso. No hay desvelo por la palabra y cualquier verso de Azul, por espléndido que sea, les parece irrisorio a los que dicen estar de vuelta de todo. Cito esta línea del Darío primerísimo: Venus desde el abismo me miraba con triste mirar. Ya ahí anda el zumbido de las pubertades cíclicas de su temple y el murmullo del que hablaba Breton. No es propicio el día para decirlo parco aunque casi todo empieza con él. Ni insistiré en lo que saben las estrellas que siempre saben más: no hay resurrecto incesante en el idioma más necesario que él, de Juan Yepes a Góngora, de su Quevedo tan amado hasta Vallejo. Leído ayer 2 de octubre de 97 en un diccionario de símbolos: "entrar en el azul equivale a pasar al otro lado del espejo". Otra cosa: Omar Cáceres que no figura y sin embargo es, hizo diana con un título de un poema bellísimo: Azul deshabitado. Que es como decir: soy un habitante, pero ¿de dónde? Todo confluye, ya se sabe. Me puse a desvariar - o difariar, como dicen los campesinos de Chillán de Chile - sobre mi Darío y me salió mi Puerto. Será no más que los dos me ventilan el seso con oxígeno único.
Está escrito que los poetas entran limpiamente en los poetas, y no por servidumbre, antes bien por natural desafío, pasando por encima de los padres. Los leen mal como piensan Harold Bloom para repristinar el juego. Todo eso en la tradición y la invención. De ahí que las claves de los poetas sobre los poetas sean más de fiar que los informes clínicos de los expertos llamados críticos. (...) la altura y la profundidad de El Caracol y la Sirena, ese ensayo del 63, de Octavio Paz. Asimismo es imperativo consultar a Borges, que no se casa con nadie, quien rescata los aportes del modernismo hispanoamericano con estas palabras: "Dos poetas del norte, Edgar Allan Poe y Walt Whitman habían influido esencialmente, por su teoría y por su práctica, en la literatura francesa: Rubén Darío, hombre de aquí, recoge este influjo a través de la escuela simbolista y lo lleva a España donde no es ningún forastero. Se ha incorporado a la tradición nacional y se habla de él como de Garcilaso o de Góngora". Por su parte Unamuno, que alguna vez cayó en la mofa altanera diciendo que se le veían las plumas de indio debajo del sombrero, terminó arrepentido con reverencia "ante el indio que temblaba con todo sus ser como el follaje de un árbol azotado por el cierzo, ante el misterio". Y Lorca, el 34, al presentar a Neruda en el Ateneo de Madrid, cómo celebra "el tono descarado del gran idioma español de los americanos, tan ligado con la fuente de nuestros clásicos" y cómo exalta en primer término "la prodigiosa voz del siempre maestro Rubén Darío". Por su parte, Vallejo dirá lo suyo: "Toda la producción hispanoamericana, salvo Rubén Darío, el cósmico, se diferencia poco o nada de la producción exclusivamente española". Y Huidobro, el irreverente: "Estos señores que se creen representar a España moderna, han tomado la moda de reírse de Darío como si en castellano de este Góngora hasta nosotros hubiera otro poeta fuera de él. Pobre Rubén: puedes dormir tranquilo. Cuando todos hayan desaparecido, aún tu nombre seguirá escrito entre dos estrellas". Así el movimiento pendular de las adhesiones y de los rechazos, pero como la poesía española se defiende sola y se explica desde su propio ejercicio, dejemos que suba o que baje, o que se retire como las mareas para volver a la vivacidad de su equilibrio. Acordes con el principio de que hay que defenderse del culto a los hombres, por muy grandes que aparenten ser, dejemos en paz a Rubén Darío. Ya su vida fue una tumba sin sosiego, como diría Palinururs: y suficientes vueltas se estará dando donde esté, tantas o más que antes de venir a nacer en Metapa (Chocoyos) ese 18 de enero del otro 67.
Cuando murió el dieciséis, el planeta empezaba otro gran giro girante a una velocidad desconocida, y los poetas mismos saltaron fuera de su órbita. Justo el año dieciséis Vicente Huidobro - en ese juego oscuro de pasarse la centella- publicó en Buenos Aires otras claves para esta poesía de fundación.


De Poesía Esencial. Editorial Andrés Bello

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