lunes, 26 de noviembre de 2012

Juan Crisóstomo Lafinur. Primer mártir de la libertad de pensamiento en la Argentina. Paulina Movsichoff





   En La Carolina, una remota comarca de San Luis de la Punta de los Venados y Río Seco, como se llamó primitivamente a lo que es hoy la provincia de San Luis, nacía, en 1797, Juan Crisóstomo Lafinur. El personaje de Lafinur, casi exclusivamente conocido por la existencia de una calle capitalina que lleva su nombre, es de una importancia hasta hace muy poco relegada al conocimiento de unos pocos especialistas. Ni siquiera sus comprovincianos, acostumbrados a contemplarlo en numerosas instituciones, como el Colegio Nacional, escuelas y Bibliotecas tenían, hasta hace poco tiempo, una idea clara sobre su identidad.
    Hombre de ideas, tuvo una brillante figuración en el período que siguiera a la independencia nacional. Fue el primero en secularizar la filosofía en las aulas del Río de la Plata, además de periodista, poeta, músico, y también soldado.
  Nacería marcado por el sino trágico de la incomprensión, de la persecución y del exilio. Se lo acusó, como a Sócrates, de corromper la mente de los jóvenes con las ideas que impartía con vehemencia en su cátedra de filosofía y, algo terrible para aquellos tiempos, debió soportar el estigma de ateo y hasta de hereje. Su descendiente, Jorge Luis Borges, le dedicaría su ensayo: Nueva refutación del tiempo:”Dedico esta páginas – decía – a mi antepasado Juan Crisóstomo Lafinur, al que tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles para vivir”.
  Otra de las tragedias de esa singular vida fue la de su brevedad. Dejó de existir cuando contaba tan sólo veintisiete años. Ricardo Rojas dice de él: “Somera es la vida de este personaje, y más brillante que profunda.”
  Su padre, Luis Lafinur, era originario de Pamplona, España, y llegaría a América con la expedición del Virrey Ceballos. Un dato que no debe pasar inadvertido es que, en 1781, marcharía al Perú con las fuerzas que debían sofocar el levantamiento de Túpac Amaru. Este hecho debió sin duda impresionar la mente sensible y rebelde de su hijo. Porque Juan Crisóstomo nacería entre dos mundos. En 1785, pocos años antes de su nacimiento, se había producido la Revolución Francesa. Este acontecimiento se encuadra dentro del ciclo de transformaciones políticas y económicas que marcaron el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la Edad Contemporánea. La independencia de Estados Unidos  y el desarrollo de la Revolución Industrial, iniciada en Gran Bretaña, son los otros dos grandes procesos que señalan esta transición histórica. 
  El mundo asistiría con asombro al inusitado acontecimiento de que  un rey y toda su familia  fueran decapitados en nombre de los nuevos ideales de Libertad, Igualdad, Fraternidad. En adelante, entonces, ya nada sería igual.
  Por los tiempos de su nacimiento, tuvo lugar otro suceso singular. Se descubrió oro En La Carolina, cuyo nombre primitivo fuera Las Invernadas y que Sobremonte cambió en honor a Carlos II. Podríamos decir de la América española que “En el principio fue el oro” Cuando los españoles realizan la conquista de América, llegan movidos por el afán de evangelizar a los aborígenes,  a quienes consideraban infieles y herejes por no tener la fe de Jesucristo. Sabemos cómo en nombre de Dios quemaron templos y obligaron a los pueblos originarios a adoptar el cristianismo. Pero la sed de metales iba detrás de la cruz. Un cacique que se unió a los invasores, escribió a Moctezuma que “los españoles sufrían una enfermedad del corazón para los cual el oro era el único remedio. Ese oro que luego haría el Siglo de Oro.   Entre 1545 y 1558, se descubrieron las minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia y las de Zacatecas y Guanajuato, en México. Dice Eduardo Galeano que: “América era, por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo en Potosí. Algunos escritores bolivianos…afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal de Potosí como para tender un puente de plata desde la cumbre del cerro hasta el océano.”
  Fue así como, bajo las instituciones de la mita y el yanaconazgo, se quebró la espina dorsal del mundo indígena y los indios fueron forzados a ir a extraer el oro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos, dice Galeano, siete no regresaban jamás. Eran tratados  como animales y esto explica la rebelión del peruano Túpac Amaru, que fuera descuartizado en la plaza pública. También fue ajusticiada  su mujer, Micaela Bastidas y sus hijos.
  Pero el llamado Cerro Rico, aquella boca del infierno, como también se lo llama, se agotó. Y su decadencia ocasionó la búsqueda de nuevos rumbos para la codicia de los conquistadores. 
 Las minas de La Carolina fueron descubiertas en 1785 por el lusitano fray Gerónymo. Los cerros de este lugar forman el macizo más septentrional de la sierra puntana, constituyendo una “agrupación majestuosa cuyas alturas pasan de 1500 metros, llegando a más de dos mil el pico de Tomolasta. Es un laberinto de montañas con hondonadas y valles cruzados por cristalinos arroyos de arenas auríferas”.
  La noticia de ese descubrimiento atrajo a gente de todas partes, que llegaban sedientos de aventura y de riquezas. Mineros y especuladores acudían desde Chile y hasta de Potosí, formándose una aldea de cierta importancia.
  Luis Lafinur acompañó a Sobremonte, por entonces Teniente Gobernador de Córdoba, a visitar las minas de La Carolina. Pronto Sobremonte acordó permiso al oficial Lafinur para formar una empresa y trasladarse  a este nuevo Cerro Rico. Estaba casado con Bibiana Pinedo y Montenegro, cuyos padres también adquirieron minas. La riqueza de los minerales no era una mera fantasía. En una memoria elevada en 1824 a Rivadavia por el Gobernador José Santos Ortiz, en respuesta a una pregunta de éste sobre la riqueza de aquellos lugares informa que los mineros sacaron “varias veces hasta 24 libras de oro de 18 quilates”.

En aquellos valles de La Carolina transcurrieron los primeros años de Juan Crisóstomo. Tal vez ese marco de montañas y el esplendor de la naturaleza contribuyó a moldear su carácter poético. Pero pronto la familia debió regresar a Córdoba, pues don Luis debió incorporarse a las milicias de esta ciudad para luchar en las invasiones inglesas.
  En Córdoba es inscripto en el Colegio de Monserrat.   
  En aquellos tiempos, Córdoba era llamada la docta por su cantidad de clérigos y doctores, de filósofos y teólogos. Era una ciudad casi cuadrada, con siete iglesias, incluso la plaza mayor donde está la Catedral.  Dentro de este marco, si se quiere reducido y pobre, se movía una aristocracia jactanciosa, afecta en forma extraordinaria, al lujo. 
  Pero eran la Universidad  y colegios mayores lo que daban sello y lustre a la ciudad. Los alumnos de la Universidad utilizaban como internado el Colegio de Monserrat, creado por Ignacio de Duarte y Quirós para albergar a los jóvenes que de las más apartadas regiones del virreinato arribaban a ese centro universitario. Antes de entrar allí, el aspirante debía acreditar su condición de cristiano viejo, limpio de toda raza de herejes e hijo de legítimo matrimonio. O sea, no podía ser  indio, nacido de legítimo matrimonio y  no profesar ninguna otra religión que la católica.          
   En los días de grandes solemnidades religiosas, desfilaba por las calles el Monserrat.  Allí se lo vería a Juan Crisóstomo vestido, como sus compañeros, de sotana negra y encima la veca. Una estola color púrpura les caía sobre los hombros hasta abajo y mostraba, en el lado izquierdo, un pequeño escudo de plata que llevaba grabado el nombre de Jesús. En la cabeza un sombrero de cuatro picos. 
    El propósito de los padres de Juan Crisóstomo era que se graduase de doctor en Teología. Por esa época también aparece en Córdoba Juan Cruz Varela, otro poeta y dramaturgo que luego tuviera gran repercusión en el movimiento de la intelectualidad surgido de la revolución.      Fue enviado como Lafinur a estudiar Teología. Trabaron una estrecha amistad que se prolongó después en Buenos Aires. Dice Ricardo Rojas que, “desde el internado de Monserrat, ambos escribían versos, prefiriendo generalmente las sátiras sobre la vida escolar”.    
    Mujica Lainez, sobrino de Varela, los retrata como dos estudiantes salidos de la pluma de alguna novela picaresca, agobiados por la pobreza y hasta por el hambre. Tal vez por ello, o por los desacuerdos con las ideas recalcitrantes de su padre, ajeno a los vientos libertarios que ya comenzaban a soplar, Lafinur solicita un pedido de Bedelato, para poder atender los gastos que le demandarían los estudios.
  Si bien obtuvo el grado de Maestro de Artes, debió interrumpir sus estudios por un juicio que se siguió a su inconducta. Los castigos en aquella época eran muy severos y Lafinur tuvo que sufrir las torturas del cepo. Fue acusado de “frecuentes faltas y omisiones en el ajuar y rico decoro de la Universidad”, observado en su cargo de Bedel, “en el que a menudo olvida sus funciones, y de corromper a la juventud con sus salidas de la casa sin permiso de sus superiores”. La consecuencia fue su expulsión para “Que con sus acciones degradantes y groseras no corrompiera a las tiernas masas de jóvenes que se habían confiado a su educación”. 
  La educación en tiempos en que Lafinur cursaba en el Monserrat, no salía aún de la profunda noche colonial. El Santo Oficio era el encargado de expurgar los libros que se leían y puso la educación en manos del clero. Para entrar a la Universidad era preciso, como dijimos, probar limpieza de sangre y para graduarse de doctor se requería la previa ordenación como clérigo. La carrera clerical era ambicionada por las familias como las más honrosa puesto que comportaba ciencia, riqueza y prestigio social.     
  El virreinato argentino constó de dos célebres colegios preparatorios: el de Monserrat en Córdoba, fundado en 1659 y el de San Carlos en Buenos Aires en 1776. Contaba sólo con dos universidades: la de Córdoba y la de Chuquisaca, donde en el siglo XVIII fue posible graduarse de doctor en derecho civil sin necesidad de votos eclesiásticos. Un alto funcionario de aquellos tiempos comentaba:
  “Sale la juventud de las universidades con unos malos rudimentos de la lengua latina, una mala letra y ningunos conocimientos de geografía o aritmética. La autoridad religiosa prohibía la explicación de los mejores maestros en ciencia política y social, entre otros Montesquieu y Beccaria. En la Universidad de Córdoba sólo se estudiaban la lengua y literatura latinas, la filosofía que duraba sólo tres años, la teología servida por dos cátedras de escolástica, una de moral, otra de cánones y Escritura. Circulaban revueltas las añejas doctrinas de Aristóteles con los comentarios de los Árabes, convirtiendo a la lógica en el arte del Sofisma, y la física en un estudio infructuoso de accidentes y cualidades ocultas, que nada tenían que ver con el conocimiento de los fenómenos naturales. Sobre todo, las ciencias político-sociales y el derecho eran especial peligrosos. Y todo esto en latín, porque siendo ésta la lengua de la Iglesia, en ella daba sus lecciones el profesor y rendía su tesis el graduado. La filosofía política había analizado con una prolijidad extraordinaria los elementos del Régimen, demostrando con claridad matemática que las sacrosantas raíces eran falsas, los fundamentos absurdos; que el origen, naturaleza y fin del Estado eran muy diversos de los enseñados por la política teológica de los legalistas de la monarquía. Entre otras cosas, demostraba que el fin de todo gobierno era alcanzar la libertad de sus súbditos, mejorando su situación moral e intelectual, dictando leyes que consultaran sus intereses.”            
“Huían (en América) sobre todo de que se formaran abogados de entre los criollos...Es que los abogados, además de su conocimiento en ciencias peligrosas, eran competidores en las carreras administrativas, posibles émulos y censores del gobierno. Había un interés inmediato y económico en evitar que se formaran clases de dirigentes criollas, para que la fuerza natural de las cosas conservara a los españoles el monopolio de los puestos y de las influencias en todos los asuntos públicos.   
No obstante, las nuevas ideas cundían. A falta de universidades, los hombres se formaban a sí mismos sin guías ni profesores. Lo prueban las buenas bibliotecas privadas u algún hombre representativo que sobresale como Maziel, que completa su educación a fuerza de voluntad e inteligencia. “Sin más libros extranjeros - dice Finnes - que los pocos que podían llegar a sus manos por el comercio con una nación española siempre a la zaga de su siglo, él supo purgarse de las antiguas preocupaciones por la crítica, por el estudio de los Padres, por el de la historia y por la de los libros amenos. En 1772 pedía la libertad de enseñanza, sosteniendo que los maestros no tendrían obligación de seguir un sistema determinado, especialmente en la Física, que se podrían apartar de Aristóteles, y enseñar por los principios de Cartesio, o de Gasendo o de Newton o alguno de los otros sistemáticos, o arrojando todo sistema para la explicación de los efectos naturales, seguir sólo la luz de la experiencia por las observaciones y experimentos en que tan útilmente trabajan las academias modernas”.
    Lafinur fue discípulo del Deán Funes y de Castro Barros. Fanático y terco este último, enseña, según Sarmiento, el arte de divagar y no de razonar. El Deán Fúnes, aplicaba en su cátedra los conocimientos adquiridos durante su estadía en Europa. Se propuso enseñar materias de educación práctica y comienza por incorporar a la Universidad unas cátedras de geometría, álgebra, geografía, idioma francés y música. Sus innovaciones parecieron colmar toda medida cuando estableció una cátedra de esgrima que provocaba pendencias y desafíos.
  El ambiente puritano en que estaban sumidos los estudios no inhiben al joven Lafinur. Temperamento sensible y romántico, huía del incienso de los claustros. Se trata de un interesante espíritu juvenil, libre ya de prejuicios y dispuesto a alzarse contra el fanatismo en la primera oportunidad propicia. Lo prueban sus escapatorias sentimentales y sus sátiras juveniles.  Sin embargo, las nuevas ideas llegarán a él un poco más tarde.
  Estas ideas tenían su origen en Francia y es lo que se conoce con el nombre de La Ilustración. Esta filosofía, de la que  provienen los ideólogos, llena la cultura francesa del siglo XVIII. No podríamos comprender la vida de Lafinur sin referirnos a ella.
  El siglo XVIII francés adopta una actitud filosófica naturalista, para lo cual aprovecha las ideas del Renacimiento y de la filosofía del siglo XVIII. Surge una apasionada adhesión a la Ciencia y a la Filosofía como actividades humanas independizadas de la Religión. En lo político-administrativo se desea imponer el Estado Laico. Estas opiniones se expresan en la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D’Alembert. La Enciclpedia, cuya publicación comenzó en 1750 y concluyó en 1784, fue una biblia laica. Anunciaba un espíritu nuevo, un  programa para el porvenir. No tardan en cundir las nuevas ideas. El sentido de libertad cívica se entrecruza con el de tolerancia; el culto de la naturaleza con el concepto de progreso en el saber, en las costumbres y en las instituciones. El Espíritu de las Leyes de Montesquieu enseña que la autoridad de las leyes radica en los hombres que las han creado y Rousseau, en el Contrato Social, señala la libertad como derecho natural del hombre.
  Todo este caudal mental pasa a los ideólogos. Su nombre deriva de idea, en el sentido de “imagen de las cosas” Los ideólogos quieren, en lo político, echar las bases de una república liberal. Sus más ardientes representantes se afianzan en la idea de un Estado laico y bregan por la secularización de la vida y de la organización política ya administrativa de Francia. 
  En materia estrictamente filosófica, los Ideólogos parten de Locke y de Condillac. Todo complejo mental queda reducido a elementos simples: ideas, según Locke, sensaciones según Condillac. Con prédica pertinaz, los ideólogos hacen avanzar los conocimientos y contagian al pueblo su pasión por la ciencia y la solidaridad humana.  En cuanto al Derecho, depuran las bases de lo jurídico e independizan el Derecho civil del Derecho canónico.
  La labor intelectual de los Ideólogos no quedó encerrada en las fronteras de Francia. Una abundancia correspondencia científico-filosófica se entrecruza entre los pensadores liberales de todos los países de Europa y también de América.
  En nuestro país fue la Revolución de Mayo la que recibió la filosofía francesa de los Enciclopedistas. Se puede decir que Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta, es quien la oficializa. La prensa revolucionaria la divulga. Es la que inspira la Gaceta, los decretos de la Primera Junta, las discusiones de los clubs políticos, los cuchicheos de los salones. 
  La Revolución de Mayo quiere alejarse de la Teología hasta entonces imperante. Pero, si bien en cuanto a la necesidad de independizarse gran parte de la sociedad estaba de acuerdo, la mayoría se resistía a abandonar los principios que habían imbuido a la sociedad colonial. Es por eso que, mientras las ideas eran aceptadas con entusiasmo por la joven generación, las aulas estaban todavía dominadas por el credo y las enseñanzas teológicas.
  Córdoba estaba alejada del centro donde bullían los afanes libertarios. La noticia del movimiento llegó el 30 de mayo por intermedio de cartas particulares y comunicaciones de la Junta, así como de Cisneros a sus partidarios, a quienes aconsejaba la resistencia.  El gobernador Gutiérrez de la Concha reunió a un consejo de once personas ente los que se hallaban Liniers, el asesor y catedrático don Victorino Rodríguez, don Luis Lafinur, el Deán Fúnes y otros. El asunto era grave. No habían intervenido ellos en los prolegómenos de aquella revolución y votaron el exterminio de los revolucionarios, a excepción del Deán Fúnes, cuyo espíritu abierto resolvió no plegarse a la resistencia. El ex Virrey Liniers fue declarado jefe del movimiento. Desde ese instante se entregó a la resistencia armada. Convocó para ello a jefes de Perú, Bolivia Paraguay y Uruguay.  La Junta envió entonces a Castelli para reducirlos. Ambas fuerzas se encontraron en Cabeza de Tigre y allí ocurrió el primer derramamiento de sangre de nuestra historia, pues  fueron fusilados los jefes de la contrarrevolución.  La leyenda dice que luego del entierro de los insurrectos se encontró en un árbol la palabra CLAMOR, formada por las iniciales de cada uno de ellos. La ciudad de Córdoba cayó varias semanas en un  luto de crespones y puertas cerradas por la trágica muerte de personajes queridos y respetados por la comunidad.              
  Lafinur es tierra fértil en donde prenden las nuevas ideas. Algunos biógrafos afirman que solicitó su bedelato pues había un grave desacuerdo entre su padre, realista recalcitrante y él, que se mostraba atraído por los nuevos vientos.  Un hecho fortuito vino a señalar nuevos rumbos a su vida ya que en el preciso momento en que es expulsado de la Universidad, Belgrano llega a Córdoba, de paso para su misión diplomática en Europa. A los 17 años emprende Lafinur la carrera de las armas. Se incorpora a la Academia Militar d Tucumán, donde, según el mismo Lafinur, “se agolpaba la juventud a sorprender a la naturaleza y sus misterios y a fecundar desde temprano el germen de la gloria”. Dice su biógrafo Juan W. Gez que en octubre de 1816 es ya teniente primero, figurando en la plana mayor del ejerció auxiliar del Perú con asiento en Tucumán. Podemos imaginarlo asistiendo el 9 de julio a la declaración de la Independencia, junto a su amigo y maestro, el general Belgrano y al baile y los festejos que ocasionó dicha declaración.  En octubre de 1817 es ya teniente de infantería. No obstante, se resuelve que el 13 de junio todos los oficiales pasasen a los regimientos, donde debían resignarse a la inactividad a que obligadamente estaba condenado el ejército del Norte. Quedaban atrás las victorias de Tucumán y Salta y los reveses de Vilcapugio, Ayohuma y Sipe- Sipe. Comenzaba a cundir la indisciplina y  el desánimo.  El espíritu inquieto de Lafinur, sin duda se impacientaba ante esta circunstancia, y también comprendió que su destino estaba en otras luchas menos cruentas. Es entonces que solicita su baja y la obtiene en los siguientes términos: “Cédula de retiro. El Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América: por cuanto a solicitud del teniente del Ejército doctor Juan Crisóstomo Lafinur, he venido a concederle su licencia y absoluta separación del ejército sin goce de fuero ni uso del uniforme; por tanto le hace expedir la presente firmada de mi mano y refrendada por mi Secretaría de la Guerra en la cual se tomará razón en el Tribunal de Cuentas y Cajas Generales.
  Dada en la Fortaleza de Buenos Aires a 14 de septiembre de 1817. Juan de Pueyrredón. Martín de Irigoyen.
  Un nuevo capítulo de su vida comenzaba. Llegaba a Buenos Aires, empapado ya de las nuevas ideas a cuya formación había contribuido no poco su paso por las academias inspiradas por Belgrano: Academia Náutica, Academia de Dibujo y Academia de Matemáticas. 
 El general quería que los soldados adquirieran conocimientos que los hicieran útiles a sí mismos y al Estado. Se inició con este motivo en el país la docencia de maestros extranjeros de mucho reconocimiento: Cerviño, Alsina, Senillosa.  Uno de estos extranjeros fue Director de la Academia de Tucumán: el francés Juan José Dauxion Lavaysse. De aquella Academia partirían también muchos oficiales que luego serían célebres. José maría Paz es uno de ellos.
         


    Lafinur deja el Ejército del Norte y llega a Buenos Aires. En 1818 ya aparece en el elemento intelectual de esta ciudad. El pintor Giudice lo hace figurar en el cuadro en que aparece el director Juan Martín de Pueyrredón presentando, en 1818, al general José de San Marín ante el Soberano Congreso Argentino. Figuran también los poetas de la Revolución: López, Fray Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca y Juan Cruz Varela. Lafinur pudo vincularse con ellos gracias a la amistad que desde sus tiempos estudiantiles de Córdoba lo unía a Juan Cruz Varela.
  Los tiempos para la Argentina, si bien heroicos, mostraban ya algunas nubes en el horizonte.  La Independencia había sido declarada en Tucumán en 1816; la victoria de Chacabuco al año siguiente. Maipú en 1818. Los grandes triunfos de Río Bamba, Pichincha, Junín y Ayacucho. El fin de la dominación española en América del Sud. 
  La segunda etapa del Directorio, iniciada en 1815, luego del colapso del alvearismo,  se caracterizó por la moderación y el respeto al orden.  En el orden internacional se realizaban complejas tratativas para logra el reconocimiento del nuevo Estado y a la vez se aceptaba colocar un príncipe europeo a su frente, conforme al clima político de la Europa restaurada. Pero un sentimiento de hartazgo por la guerra y por las cargas que ocasionaba se generalizó en los pueblos  y fue minando el poder del  Directorio, tanto en Buenos Aires como en las provincias.

Lafinur se vinculó a la Sociedad para el apoyo del Buen Gusto en el Teatro, creada bajo el apoyo del director Pueyrredón. 
  La Sociedad del Buen Gusto, trata, en su efímera vida, de socavar las tres formas de predominio intelectual - político, lingüístico y religioso - que constituyen el sutil pero firme lazo de continuidad de lo hispano en el espíritu de la nueva nación. Los directores mentales de la Revolución se habían dado cuenta de que no sólo en los campos de batalla debatíase el problema de la emancipación y que era preciso llevar a la conciencia de los pueblos la nueva verdad que a esos directores empujaba por no hollados caminos. En días de precario periodismo, un instrumento proselitista eficaz es el teatro. “El teatro- afirma El censor en 1817 - debe ser un órgano de la política”, condensando el sentir de lo hombres ilustres de la Revolución.
  La creación de esta Sociedad traduce un anhelo de dirigentes visionarios y de grupos ilustrados ; y obedece a la predisposición del gobernador intendente Juan Martín de Pueyrredón. La idea se materializa en la reunión del 28 de julio de 1817.
El 30 de agosto de 1817 se inician, pues, las actividades públicas de la Sociedad con la representación del drama Cornelia Bororquia, que firmaba “un americano”.
  La pieza resultó una verdadera piedra de escándalo, no durante la representación, sino luego de ella y entre los que no concurrieron al teatro. Sublevó en su contra el espíritu añejo y colonial.
  El escándalo se produjo entre aquella gente que no asiste al teatro, entre las beatas y los frailes, numerosos e influyentes todavía, puesto que la reforma eclesiástica no tuvo lugar hasta siete años más tarde. Una dama que asistía a aquella función, interrogada sobre el efecto moral que le producía, dio una contestación llena de juicio y de filosofía : “en esta noche -dijo- no puede quedarnos duda de que san Martín ha pasado los Andes y ha triunfado de los españoles en Chile”.
  Cornelia Bororquia fue uno de los primeros motivos concretos de enfrentamiento entre eclesiásticos y liberales, que, paralelos a los conflictos entre hispanistas y antihispanistas, se renovarían frecuentemente ante dos formas de interpretación y relación del espíritu de Mayo.
  Las resonancias extrateatrales de Cornelia no arredraron a los miembros de la Sociedad. Los encargados de revisar el repertorio trabajaron intensamente.
  El recinto teatral también se hermosea. Los reposteros, cenefas y colgaduras de colores hispanos que adornaban la sala se sustituyen por los emblemas nacionales. Según Taullard, la Sociedad del Buen Gusto tomó intervención en todos los asuntos concernientes al teatro y llevada de su entusiasmo obligó  a aumentar el número de luces, pues para economizar sebo, muchas veces la sala estaba casi a oscuras. Hizo agregar varias filas de “bancos” al patio y poner respaldo a los que no lo tenían.  
  Dos factores concurren para que la suerte de la Socidad quede sellada. Por una parte, tras Henríquez, hacen causa común los descontentos; por otra, el éxito económico de la empresa, contradictoriamente, obliga a un ritmo de funciones  que pronto acaba con el repertorio seleccionado y, poco a poco, reaparecen los engendros antes repudiados y las tonadillas que ahuyentaran al público, en particular a las damas, que al apoyar a la Sociedad con su presencia habían transformado las veladas teatrales en rendez-vous sociales.
  La celebración del triunfo de Maipú fue motivo para que esporádicamente reverdecieran anhelos de superación. El  periódico El Censor volvía a aconsejar la aplicación política e ideológica de la escena :
     “El teatro es una escuela ingeniosa y agradable de la moral pública y el órgano de la política... el pueblo se educa en el teatro...En Nuestras circunstancias actuales, el teatro debe respirar odio a la tiranía, amor a la libertad y, en fin, máximas liberales...”
  Observada en conjunto, la labor de la Sociedad del Buen Gusto deja un saldo que no puede ser pasado por alto: en primer lugar, es heraldo del espíritu jacobino de mayo en el orden intelectual. Aspira a inculcar, con el instrumento del teatro, la independencia mental que debe acompañar a la política. Luego, depura en parte un repertorio, estimula la creación, cambia costumbres atrayendo a los espectáculos a las familias. Y permite la revelación de una actriz que, andando el tiempo, llenará una época de nuestra escena: Trinidad Guevara.
  Lafinur era músico. Se dice que interpretaba de memoria en el piano todo Mozart y Hydn y que, cuando tocaba su concentración era tal, que podían tocarlo sin que se diera cuenta. Tuvo ocasión de utilizar estos dones escribiendo composiciones musicales para acompañar al actor Morante en sus representaciones teatrales. Allí mismo se vinculó con el periodista y autor teatral Camilo Henríquez.
  Como poeta, Lafinur entregó al periodismo de la época una abundante producción. Como periodista colaboró con Camilo Henríquez en El Censor y en El Curioso y con Pedro Feliciano de Cavia en El Americano. Su prédica se levanta, siempre, en favor de la organización liberal democrática del país.  
  Otro de los fenómenos culturales de aquella época fue la aparición de los salones literarios.
  Dice de ellos María Sáenz Quesada: “Cierta alegría pública y comunicativa comenzó entonces a poner inspirada a la  buena sociedad. Abriéronse entonces algunos salones y entre ellos el de Lasala y el de la señora doña María Sánchez de Thompson (de Mendeville, después) donde Alvear, Larrea, Monteagudo, Rodríguez Peña, Lafinur, Fray Cayetano Rodríguez, algunos médicos y publicistas extranjeros como Carta Molina, Gaffarot, Belmar (el padre y el hijo), Loreille, el físico Lozier, el botanista Ciarinelli, Wilde, iniciador de los estudios económicos el pintor Gould y otros se reunían allí animados de la más exquisita galantería, a pasear su espíritu por las grandes novedades del tiempo y por los azares de la causa del país. Mientras Belmar lucía su intimidad con Benjamín Constant y trazaba los caracteres de su talento y de su doctrina ante la atención encantada de los liberales que lo escuchaban, Lozier y Ferrati amenizaban la culta tertulia con pruebas de física  que iniciaban en los conocimientos naturales a sus contertulianos, y que hacían del salón de la señora Thompson una verdadera academia de progreso y de cultura. Alvear y Larrea primaban entre todos por la rapidez, la audacia y la originalidad de sus concepciones; y eran los galanes más favorecidos de las damas que acudían a hacer estrado en rededor de la dueña de aquel templo un tanto profano en que todos abrían su espíritu a las luces del siglo. Allí leía López sus estrofas y algunas veces un niño, Juan Cruz Varela, declamaba sus loas a la patria y a la victoria en que Júpiter hacía el primer papel entre los protectores que nuestra causa tenía en el cielo.
En esta animada descripción se entremezclan personalidades que en distintas etapas se destacaron en la vida pública y cultural del país. En el legendario recibo confluían, al modo europeo, la política, la ciencia, el arte. Como las mujeres también participaban del diálogo, los temas más abstractos debían aligerarse, pues de otro modo nadie escucharía al disertante. Pero por otra parte, en el salón de los Thompson perdura la tradición morisca del estrado, aunque el resto del escenario pertenezca al tiempo nuevo. Los objetos jugaban un papel de importancia para dar el marco material a ese género novedoso de sociabilidad.
“La dueña de aquel salón en cuya cabeza entraban todas las reminiscencias e imitaciones de los salones del Directorio y del Consulado francés, prodigaba el inmenso caudal en el delicado placer de reunir en su casa adornos exquisitos y curiosos de la industria y del arte europeos ; porcelanas, grabados, relojes mecánicos con fuentes de agua permanentes figuradas por una combinación de cristales, preciosidades de sobremesa, antojos fugaces, si se quiere, pero que eran novedades encantadoras para los que nada de eso habían visto hasta entonces sino los productos decaídos y burdos que el monopolio colonial les traía. Después de eso : banquetes, servicio francés, y cuanto la fantasía de una dama rica entregada a las impresiones y a los estímulos del presente, sin amargas ni perturbadoras visiones del porvenir, podía reunir en torno de su belleza proverbial, con la vivacidad de uno de los espíritus más animados que puedan poner alas al cuerpo de una mujer. Era también poetisa y prosista llena de ingenio y de oportunidad”.
Mariquita era más graciosa que bella, menuda, de rizos rebeldes y rostro alargado, cutis mate, una andaluza dulcificada por los aires del Plata, que escribía con soltura y precisión pero que versificaba sencillamente.
Mariquita convocaba al círculo más atrevido de la Revolución : el general Carlos María de Alvear, audaz, presuntuoso, brillante, que se creía llamado a convertirse en el Bonaparte del Río de la Plata ; Juan Larrea, el rico comerciante español encargado de financiar la formación de la escuadra patriota, que la llamaba “su amiga y hermanita” ; Monteagudo, el ultrarrevolucionario de la Sociedad Patriótica ; Nicolás Rodríguez Peña, uno de los pioneros de la causa independiente ; fray Cayetano Rodríguez, el docto confesor de la hija de los Sánchez de Velazco, que en versos reservados hacía gala de una curiosa mezcla de misoginia y antiespañolismo. Una serie de literatos, pintores y hombres de ciencia completa el círculo social, aunque no todos los mencionados por López en esta página concurrieran al mismo tiempo al legendario salón : Lafinur y Juan Cruz Varela, por caso, eran en 1814 estudiantes en la Universidad de Córdoba.”
  Otro de los salones era el de Joaquina Izquierdo, famosa por su gracia en la declamación. También Trinidad Guevara tenía el suyo. En todos ellos brillaba Juan Crisóstomo Lafinur con su inteligencia, su facilidad de palabra, sus dotes musicales y poéticos.
  Durante el Directorio de Pueyrredón se realizó la apertura del Colegio de la Unión del Sud.  Era una continuación del viejo Colegio de San Carlos, fundado por Vértiz y que casi había desaparecido a causa de las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. La cátedra de filosofía estaba vacante y se llamó a concurso de oposición, al cual se presentó Lafinur. La obtuvo luego de contender con prestigiosas personalidades como Luis J. de la Peña y Bernardo Vélez.
  Ocupó la cátedra en 1819.
    Fuera del salón, continuaba el trajín político. El Congreso Argentino sanciona la primera Constitución Unitaria del País. El federalismo argentino la rechaza y en horizonte se dibujan las primeras nubes de la anarquía del año 20. Entre los cartelones de la anarquía, cuenta José María Gutiérrez, alcanzaba a imponerse una invitación mural: Se pedía al pueblo de Buenos Aires que acudiera al templo de San Ignacio, a apreciar los adelantos realizados por el aula de la filosofía. Esta vez, el bronce de las campanas del viejo templo anunciaba sermones laicos.  Lafinur y sus discípulos llenaron sus bóvedas con la elocuencia civil que empezaba a ganar los lugares de privilegio. A las cuatro de la tarde del día 20 de septiembre de 1819, los alumnos don Manuel Belgrano (sobrino de general), don Diego de Alcorta, don Lorenzo Torres y don Ezequiel Real de Azúa debían hacer exposición pública acerca de la ciencia del hombre físico y moral y de sus medios de sentir y conocer. El 31 de agosto de 1820, a la misma hora y en el mismo templo, el propio Lafinur subió a la tribuna para demostrar que las ciencias no han corrompido las costumbres, ni empeorado al hombre.
   Delfina Varela dice del episodio: "Es de comprender el estado de ánimo del viejo e ilustrado claustro colonial al tener que soportar - en pleno templo - a este profesor de filosofía de 22 años escasos, vestido con levita de salón literario y con una belleza física que parecía arrancada de algún álbum romántico".
  En su  presentación al Concurso, Lafinur hizo una brillante disertación sobre la historia de la filosofía. Se le concedió la cátedra con el beneplácito de todos los que estaban abiertos a las nuevas teorías. La enseñanza de la filosofía había conservado hasta entonces su carácter escolástico y los nombres de Descartes o de Locke, no eran casi mencionados por miedo a herir a los aristotélicos.
  Juan María Gutiérrez dice al respecto: "El espíritu innovador que en toda época tuvo partidarios en Buenos Aires, penetró en el estudio escolar de la filosofía, en el año 1819, por medio del doctor Juan Crisóstomo Lafinur (...)Tenemos a la vista una mala copia de las lecciones que pronunció este argentino de talento y de imaginación, y en nuestro concepto ellas señalan el tránsito del escolasticismo rutinero a las doctrinas modernas en que Napoleón se había iniciado.
  Antes de él los profesores de filosofía vestían sotana: él con el traje de simple particular y de hombre de mundo, secularizó el aula primero y enseguida los fundamentos de la enseñanza. Lafinur habló en castellano y discurrió en el vocabulario filosófico moderno”.
  Lafinur sigue la escuela sensualista. Este término deriva de sensación. La escuela sensualista estaba en boga en Inglaterra debido a Locke y en Francia a Condillac. Éste es discípulo de Bacon y de Locke. Unido a pensadores como Rousseau y Diderot su influencia fue muy grande. El sensualismo de Condillac fue mejorado por Destutt de Tracy, que es a quien más sigue Lafinur en su curso de ideología. 
  El joven maestro se esforzó por dotar a la inteligencia argentina de una teoría del conocimiento que partiera de otros cánones que los tradicionales y dogmáticos. En su curso no hace la menor alusión al origen divino del hombre ni de su inteligencia. Como Locke, Condillac, Cabanis y Destutt, Lafinur sitúa al hombre en la naturaleza e investiga su vida y sus conocimientos como fenómenos naturales.
  Lafinur ensaya también una escala de bienes y valores. Por encima de todos coloca a la libertad a la que quisiera - dice - levantar un himno al primero de los bienes de la naturaleza sensible. Es preciso señalar que le tocó desempeñarse sobre dominios del saber no delimitados aún.
  En materia religiosa, Lafinur se inclina al deísmo racionalista. Se excluye del grupo ateo, aunque acusado de tal deba abandonar las aulas de la patria. En todas partes donde dicta su cátedra brega por una legislación erigida sobre la libertad de conciencia y sobre la libertad de cultos.
  De todo ello se desprende el gran esfuerzo que debió realizar para desplegar su sistema filosófico. Es el primer intento hecho en el país en el orden de la filosofía moderna. Y Lafinur abrió el camino. Fue seguido por un alumnado numeroso y vivaz.
  Pero el espíritu retrógrado no cejó y Lafinur fue ferozmente criticado. Se originó una interesante polémica desde el púlpito, la prensa, el salón literario, los comentarios hogareños. Los enemigos de la escuela "sensualista", dieron a este término, con toda malicia, el significado de epicúreo, materialista y licencioso
  Uno de sus principales oponentes fue el Padre Castañeda, un fraile franciscano conocido como "aquél de la Santa Furia”. Además de sacerdote era un periodista de pluma incisiva. Tuvo un papel decisivo en la polémica contra la actriz Trinidad Guevara, quien fue obligada a retirarse de la escena por las diatribas que el P. Castañeda le dirigía, por salir a ella a escena con un medallón que mostraba la fotografía de su amante, un hombre casado. Pero el público la idolatraba y se enfureció cuando otra actriz de menos valía ocupó su lugar, siendo abucheada por los concurrentes.      
   El padre Castañeda tenía un temperamento impulsivo, inquieto, que lo arrastraba a la lucha y a la figuración. Lafinur le proporcionó el motivo que buscaba y comenzó a atacarlo en periódicos, hojas sueltas, amonestaciones desde el público. Uno de los libelos que Catañeda publicó contra él hace una burla de su apellido y es tratado del peor modo, siendo acusado de corromper a la juventud con sus ideas materialistas:

  Lafinura del siglo diez y nueve
es lafinura del mejor quibebe
Diga yo novedades,
aunque profiera mil barbaridades;
Que se pierda el colegio
Perdido quedará sin sacrilegio.
Dale que dale
la pura novedad es lo que vale.


   El doctor Argerich dio lugar a que Lafinur expusiera su doctrina filosófica en una
función literaria a la que acudió lo más granado de la sociedad  y que se dio en el Templo de San Ignacio, a las 4 de la tarde del día 31 de agosto de 1820.
  Por esa época Lafinur colaboraba también en periódicos, fundando El Curioso, periódico científico, literario y económico con el eminente sacerdote liberal Camilo Henríquez. Con el mismo colaboró también en El Censor.

  Dio también a la prensa muchas de sus poesías, pues tenía un don innato para el verso, así como para la música. Pero fue en ocasión de un triste acontecimiento en que se dio a concocer como poeta a la sociedad de la época: la muerte del General don Manuel Belgrano. En ocasión de sus honras fúnebres, cuenta el Dr. Juan María Gutiérrez: "Un genio desconocido hasta entonces en la alta región de la poesía, se mostró por primera vez a esa luz misteriosa que circunda los muertos ilustres y dominó todos los ecos con su pasión, por su abundancia y por su ternura filial. Era éste el aventajado profesor de filosofía y humanidades Juan Crisóstomo Lafinur."
  En su Oda Fúnebre (ver) podemos captar la honda emoción que lo embargaba. Muchos años después su descendiente, Jorge Luis Borges, la recitaría de memoria:

  ¿Por qué tiembla el sepulcro y desquiciada
   sus sempiternas lozas de repente
   Al pálido brillar de las antorchas
   las justas y la tierra se conmueven?

   ......

   "Murió Blegrano" ¡Oh Dios! Así sucede
   la tumba al carro, el ay doliente al viva,
   La pálida azucena a los laureles!"


  Lafinur es considerado el primer poeta romántico de la época clásica. Por eso también su inspiración se explaya en los sentimientos de un joven que acaba de descubrir el fuego del amor. De él se cuenta que, un día en que preparaba su Curso filosófico, llegó un mensajero a entregarle una carta y una flor de su prometida y pidiéndole que esperara, le escribió al correr de la pluma uno de sus mejores sonetos, el titulado A una rosa:
Señora de la selva, augusta rosa,
Orgullo de septiembre, honor del prado;
Que no te despedace el cierzo osado
Ni marchite la helada vigorosa.


Posa tu trono; y luego el agraciado
Cabello a dorna, y el color rosado
Al ver su rostro aumenta avergonzado.

Recógeme estas lágrimas que lloro
En tu nevado seno, y si te toca
A los labios llegar de la que adoro,
También mi llanto hacia su dulce boca
Correrrá, probarálo, y dirá luego
Esta rosa esta abierta a puro fuego.

 La oposición que levantó Lafinur en torno a las ideas que impartía desde su cátedra le impusieron la necesidad de  renunciar. Luego de abandonar sus clases se refugia en la Sociedad Secreta Valeper, desde donde siguió bregando por la transformación docente del país y por la secularización de los estudios. Esta sociedad, una de las muchas que surgieron por la época de la Independencia, como la conocida Logia Lautaro, debía realizar sus sesiones privadamente y los socios se denominaban con una clave oculta que ocultaba el verdadero nombre. Lafinur llevaba el de Sinforiano; Manuel Belgrano, sobrino del general, Hipolíto; Diego Alcorta es José Antonio. En estas sesiones se desarrollaban temas literarios, filosóficos y sociales. 
   En 1821 Lafinur parte para Mendoza llamado por el presbítero Lorenzo Guiraldez. Allí, en el Colegio de la Santísima Trinidad - que reunía alumnos de San Juan Mendoza y San Luis - enseña filosofia, literatura, música y francés. El alumnado se agolpaba en sus clases para escuchar aquella nuevas ideas que ya habían conmovido a los jóvenes de Buenos Aires. Fundó allí la Sociedad Lancasteriana, un sistema de enseñanza que consiste en emplear un solo maestro para dirigir una escuela, por numerosos que sean los alumnos. Siguiendo a Juan W. Gez, el director se vale de ayudantes o monitores elegidos entre los más aventajados discípulos, los prepara en horas especiales y les confía un grupo de niños para que a su vez los instruyan".  Fue fundada por el cuáquero Lancaster en Inglaterra alrededor de 1797. En dicha sociedad actuaron el sabio doctor Guillez, el doctor Tomás Godoy Cruz, doctor Lorenzo Guiraldes, el poeta Juan Gualberto Godoy y otras personas distinguidas.
  También llegó a Mendoza Morante, el célebre actor compañero de Lafinur en tantas funciones de la Sociedad del Buen Gusto. Se dieron una serie de representaciones para aficionados.  Con el concurso de Morante pusieron en escena el "Abate de l' Epée", en el cual Lafinur desplegó sus talentos histriónicos. Fue recibido por una ovación. Enseguida los colegiales cantaron un himno patriótico, de letra y música suya y en los intermedios Juan Crisóstomo cantaría acompañándose del piano. 
  Pero todos estos éxitos despertaron la envidia de los "pelucones" y los ataques contra la actuación de Lafinur llegaron desde las páginas del diario mendocino: Amigo del país. Lafinur respondió con otro periódico fundado por él y Guiraldes: El verdadero amigo del país.  La polémica fue larga y enconada. En el diario oficial se decía: "Detestad fieles a esos hombres que os enseñan que la autoridad del soberano no viene de Dios, que ellos no son sus representantes en la tierra...; guardaos de creerles esa moral corrompida; ellos son unos ateístas, francmasones y jansenistas, que todo es una misma cosa".
  La persecución llegó a que las autoridades revisaran los cuadernos de apuntes de los alumnos. 
  La Gaceta Extraordinaria de Mendoza del 18 de julio informa: "el 17 del corriente la Municipalidad ha expulsado del colegio de esta provincia a los señores encargados de la educación de los jóvenes, prebendado  doctor don Lorenzo Guiraldes y catedrático de filosofía, economía y elocuencia doctor don Juan Crisóstomo Lafinur, nombrando para sustituirles al presbítero don Diego Lemos, etc".
  Lafinur no tuvo más remedio que tomar el camino del exilio y cruzó la cordillera rumbo a Chile. Se estableció en este país a fines de 1822. En Santiago se encontraba su antiguo camarada Camilo Henríquez y otro compatriota, el doctor Vera Ocampo.
  Su prestigio y simpatía le abrieron pronto las puertas de aquella sociedad y se vinculó también a los elementos intelectuales más representativos. Colaboró con los principales periódicos y entró a estudiar Derecho en la Universidad de San Felipe, en donde se graduó en 1823. Poco después se lo encuentra trabajando como abogado asociado con Vera Ocampo. Como poeta y pensador, colaboró en los periódicos: El Mercurio, El Liberal, El Tizón Republicano, El Observador chileno, El despertador Araucano, etc.
  Conoce a Eulogia Nieto, de la Sociedad de Santiago de Chile, con quien se casa en 1823.  Su nombre - dice Gez - era ya popular y gozaba de prestigio en todas las clases sociales. En las vacaciones de 1824, su esposa había ido a pasar una temporada de campo a una finca al sur de Maipo, cerca de Santiago. Lafinur se dirigía a visitarla y al vadear el río el caballo que montaba lo arrojó sobre unas piedras del camino. A consecuencia del golpe su hígado quedó lesionado. Luego de días de intenso sufrimiento, falleció el 13 de agosto de 1824, a los 27 años de edad.
  Su inconsolable viuda lo sobrevivió hasta 1894, sesenta años después, cuando ya contaba con 90 años de edad. Guardó su recuerdo como una reliquia. Alguien la escuchó decir al fin de su vida: "Hace tantos años que murió mi esposo. Solemnizo en mi corazón el cincuentenario de nuestro matrimonio, porque yo no soy su viuda, soy su alma que se ha retardado un poco sobre la tierra."
  Se ha hablado del ateísmo de Lafinur. Pero éste no era tal. Fue un sincero creyente pero no combatía la religión sino el fanatismo, la intolerancia, la rutina, la ignorancia. En su Curso filosófico habla de Dios como fuente de toda verdad y justicia y afirma creer en la inmortalidad del alma y  en la divinidad de Cristo.
  Pero, para citar nuevamente a Juan W. Gez, no se ocupó de religión sino de enseñar la verdad por los métodos más racionales y de propiciar el triunfo democrático-liberal de Mayo. Su poema El fanatismo  lo retata de cuerpo entero:

¿Cuál es ese monstruo fiero
que ha devastado la tierra,
declarando al justo guerra,
y ensalzando al embustero?
¿Quién al que al hombre sincero
Le calumnia de ateísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es la causa fatal
de la falta de instrucción,
de haber tanto motilón
y de propagarse el mal?
¿Quién el de que un animal
nos elogie el servilismo?
El fanatismo.

¿Cuál el que a los tiranos
protege en sus agresiones,
y fomenta disensiones
entre amigos y entre hermanos?
¿Quién el que a los ciudadanos
les extingue el patriotismo?
el fanatismo.

¿Cuál ha sido el instrumento
para oprimir al virtuoso
y para que el poderoso
le cause al débil tormento?
¿Quién formó tanto convento,
escuela de barbarismo?
El fanatismo.

¿Cuál hace que las  esposas
abandonen a sus hijuelos,
y los dejen por los suelos
por ser devotas ociosas?
¿quién patrañas horrorosas
forjó para el terrorismo?
El fanatismo.

¿Cuál tiene el país desierto,
destruye la agricultura,
hace triunfar la impostura,
y negar aún lo más cierto?
¿Quién a tanto brazo muerto
da vida y al egoísmo?
El fanatismo.

¿Cuál es el que a los chilenos
sus glorias quiere eclipsar,
y pretende fascinar
para arruinar a los buenos?
¿Quién amortigua en sus senos
el odio al cruel despotismo?
El fanatismo.

Y ¿quién a ese fanatismo
Le da tal preponderancia?
la malicia de los unos,
de los otros la ignorancia.
            
  
 





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